domingo, 8 de febrero de 2015

La rosa, su belleza, aroma y color


La rosa ha sido alabada a lo largo de la historia, y en todo el mundo, tanto por la dulzura y el poder apaciguante de su aroma como por la forma y el color de sus flores.
Desde la más remota antigüedad, primero en China y, después, en el Próximo Oriente, los rosales silvestres fueron cultivados, cruzados y mejorados.

Rosa Damascena, Redouté
Las tres variedades antiguas de rosa clasificadas como olorosas y cultivadas por su exquisito perfume eran:
La rosa Gallica, procedente del Cáucaso; la rosa Centifolia, nativa de Persia y la rosa Damascena, originaria de Siria, muy aromática y por tanto apreciada en aromaterapia para extraer aceites esenciales.

“Hay muchas diferencias entre las rosas con diferente número de pétalos, rosas de diferente tersura, rosas de bellos colores y rosas de suave aroma… El colorido y la fragancia dependen de los lugares. Las rosas de más delicada fragancia son las de Cirene, por eso, el perfume obtenido de ellas es más suave.” (Teofrasto, VI, 6, 4-6)

La rosa se cultivaba en tiempos remotos en los jardines del Valle del Nilo y en Mesopotamia, de donde fue importada a Grecia. 


Mosaico romano, Museo de Bellas Artes, Boston

En la literatura antigua se pueden encontrar referencias a la fragancia de la rosa como en la obra poética sumeria la  Épica de Gilgamesh:

“Oh, podíamos oír esas rosas susurrando con suavidad,
Tres bellezas se inclinan hasta que sus pétalos se encuentran,
Y ruborizándose, mezclan allí su dulce fragancia
En una lengua aún desconocida al mortal oído…

En las tumbas egipcias de época helenística y ptolemaica se han encontrado restos de coronas y ramos realizados con la rosa tipo Ricardi.
En Egipto la rosa era símbolo de regeneración y de iniciación a los misterios en el culto de la divinidad Isis.
En la mitología griega la rosa roja nace de la sangre de Afrodita al pisar un rosa blanca cuando acude en ayuda de Adonis que ha sido abatido por un jabalí.

“O esto lo tiñó amor o lo sacó aurora con el peine de su roja cabellera, o en zarzas se enredó la Cipria y aquí entre agudas espinas quedó asentada su sangre. “ (Antología latina)


Venus y Cupido, Pintura de Alessandro Allori
Como flor dedicada a la Afrodita griega y la Venus romana, diosas del amor,  la rosa aparece mencionada en poemas relacionados con el matrimonio, pero también con las relaciones ilícitas y el erotismo.

“Alfombra tú el lecho de rosas, prepara tú guirnaldas
y con un nudo de rosas traba elegantemente la melena.
 Que ella, cortando ya la roja flor con su dedo,
lance suspiros que lleven arranques de su perfume;
en cambio a ti que tierna mano te meta en el pecho;
tú, para que no te lastime la espina del rojo rosal,
quítale las ramas y aprieta los suaves capullitos:
así deben disfrutar las muchachas en el bosque de Venus. (Antología Latina)

La rosa se convirtió en flor elogiada por poetas y favorita en adornos y celebraciones, como se puede ver en la oda de la poetisa Safo:

Si a las hermosas, apacibles flores,
 tal vez monarca Jove dar quisiera
 para este cargo la encendida rosa
 fuera elegida.
Ella es el dije de la madre tierra
ella es la gloria de las plantas todas;
 como a sus ojos ámanla, y la quieren
 ramas y flores.

Honra los prados su luciente grana,
 y de hermosura sin igual ceñida,
 a los placeres amorosamente
 llama las almas.
De verdes hojas coronada, ostenta
toda su pompa y vanidad suave,
 y en su oloroso y delicado cáliz
Céfiro ríe.


Cupido con rosa en la mano, Museo Arquelógico  de Nápoles, Foto M.L. Nguyen


La diosa Venus entregó a su hijo Cupido una rosa para que éste se la entregara a Harpócrates, dios del silencio, para que bajo la influencia de la flor sus aventuras amorosas quedaran ocultas bajo el sello de la confidencialidad.
  
Las rosas se cultivaban en jardines en la Antigüedad y algunos escritores agrónomos dejaron consejos para su cultivo y cuidado:

 "Las rosas que aún no están abiertas se conservarán metiéndolas dentro de una caña verde que esté hendida de modo que se puedan juntar los bordes, y se cortará la caña en el momento en que se quieran tener las rosas lozanas. Hay algunos que las entierran poniéndolas dentro de una vasija tosca y resguardándolas bien para conservarlas." (Paladio, VI, 9)


Niño portando cestos de flores, Mosaico Villa del Casale, Piazza Armerina, Sicilia

En Samos y Paestum se había logrado que los rosales florecieran dos veces al año.

“He visto con mis propios ojos rosas recién abiertas de la fragante Paestum, secadas por el viento del Sur al final de la mañana." (Propercio)

Con las rosas se confeccionaban las coronas que llevaban los comensales en los banquetes y que ocultaban los olores corporales.

“Tanto si has crecido en los labrantíos de Paestum o en los de Tíbur, como si la tierra tusculana ha enrojecido con tus flores, tanto si una hortelana te ha cogido en un jardín de Preneste como si hasta hace poco eras la alegría de una finca de Campania; para que le parezcas a mi amigo sabino una corona más hermosa, que se crea que tú procedes de la mía de Nomento.” (Marcial, IX, 60)


Jóvenes haciendo guirnaldas, H. Schaffer


En los banquetes, llegada la hora del consumo de vino y disfrute de las diversiones, los comensales lucían coronas con rosas en honor del dios Baco, pues se  creía que el olor de la flor evitaba la embriaguez  y por tanto lo dicho bajo los efectos de la borrachera quedaba en secreto.

Oda de la rosa, Anacreonte

La rosa de los amores
 entremezclemos a Baco:
 coronémonos de rosa
 de hojas lindas, y bebamos.
 Bebamos alegremente
 la rosa es reina del prado
 gala de la primavera
de los Númenes regalo.
 La rosa al hijo de Venus
 adorna el cabello blando,
 cuando baila con las Gracias
 la rosa debe adornarnos.
 De ellas ceñido, en tu templo
 al son de mi lira, oh Baco,
 bailaré con una moza
 bella y de seno abultado.

Pétalos de rosas para Caracalla, Alma Tadema


Las rosas no solo eran usadas para confeccionar coronas o guirnaldas, sino que en los festines, se extendían sus pétalos sobre las mesas o el suelo. También se esparcían en los desfiles triunfales y procesiones religiosas.

“Me acordé de que Flora no es una divinidad austera y que sus dones están al servicio de los placeres. Las coronas trenzadas están al servicio de todas las sienes y las mesas brillantes desaparecían bajo una lluvia de rosas." (Ovidio, Fastos, V, 336)

La rosa se convirtió en un ingrediente importante en la elaboración de aceites medicinales y perfumes. Homero cita en la Ilíada un aceite de rosas utilizado por la diosa Afrodita:

La diosa Afrodita, hija de Zeus, apartó a los perros día y noche y ungió el cadáver con un divino aceite rosado para que Aquiles no lo lacerase al arrastrarlo”. (XXIII, 185)

Rosas,  pintura mural de casa de Livia, Museo Nacional Romano, foto Ian Scott

La creencia era que el aceite de rosas tenía poder cicatrizante para las heridas, además de poseer otra propiedades curativas. El médico griego Dióscorides escribió en su libro De Materia Medica sobre la forma de preparar aceite de rosas y su uso terapéutico.

"Coge cinco libras y ocho onzas de esquemanto, veinte libras y cinco onzas de aceite, májalo y mézclalo en agua, cuécelo, removiendo. Tras colarlo, echa los pétalos de mil rosas en las veinte libras y cinco onzas de aceite, unta las manos en miel olorosa, remueve muchas veces y estruja suavemente después, déjalo por la noche y exprímelo. Cuando la hez esté en el fondo, trasiega el licor a otro vaso enjuagado con miel. Echando en una vasija las rosas antes exprimidas, derrama sobre ellas ocho libras y tres onzas del mismo aceite engrosado y exprímelo de nuevo. Repite el proceso varias veces… Hasta siete remojos acepta el aceite la infusión de rosas, después, ya no. Unta la prensa con miel; se debe apartar cuidadosamente el aceite del zumo, pues lo mínimo que queda unido a él corrompe el perfume. Algunos, macerando las rosas solas, las remojan en aceite, cambiándolas cada siete días, hasta tres remojos, así lo guardan. Algunos dan cuerpo al aceite, echándole cálamo y aspálato. Otros también le añaden ancusa para el buen color y sal para que no se corrompa." (Aceite de rosas según Dioscórides I, 43)

El perfume de rosas de Phaselis fue muy popular durante mucho tiempo, pero su fama fue sobrepasada por el preparado en Nápoles, Capua y Palestrina. El agua de rosas llegó a ser tan apreciada y de tanto uso que con ella se pagaban algunos tributos públicos.

Mujer griega, Alma Tadema
El perfume de rosas (rhodinum) de la región de Campania era muy apreciado a principios del Imperio. Con los posos de este perfume, conocido como magma, se hacían unos polvos aromáticos (diapasmata) utilizados como desodorante.
Se creía antiguamente que la fragancia de la rosa ocultaba otros olores por lo que los perfumistas vaporizaban con agua de rosa para extinguir el rastro de otros perfumes y poder apreciar el de uno nuevo.
 El médico Galeno inventó una crema fría (ceratum galena) usada para suavizar y limpiar la piel. Su nombre se debe a que el contenido de agua de la crema se evapora cuando se aplica a la piel, y la crema en sí consistía de varios aceites, cera de abejas y agua de rosas.

Plinio proporciona una receta, algo original, para mantener la tez blanca y sin manchas:

"Grasa de león mezclada con aceite de rosas (Historia Natural, XXI, 159). Otra receta, ésta para teñir el pelo de negro, aconseja mezclar cenizas de ajenjo y ungüento con aceite de rosas." (Historia Natural, XV, 87)


La fragancia de las rosas se empleaba en mezclas que llevaban ingredientes de mal olor para proporcionar un aroma más agradable, por ejemplo, se añadía al hollín aplicado en oscurecer las cejas.
También se hacían algunos preparados de rosa y otros ingredientes que servían como aromatizantes:

“Las llamadas pastillas de rosas (rhodides) se preparan del  siguiente modo: de rosas frescas, enjutas, marchitas, cuarenta dracmas; de nardo índico, cinco dracmas; de mirra, seis dracmas; majado todo, se le da forma de pastillas de óbolos de peso y se secan a la sombra… Las pastillas se usan, puestas en el cuello de las mujeres, a modo de collar de olor agradable, para encubrir el mal olor de los sudores. Se emplean solas y majadas, en polvos, después del baño, y mezcladas con los ungüentos, y después de secarse, se lavan con agua fría.” (Dioscórides, I, 99)

La rosa, elemento natural, se utilizaba  en la poesía amorosa grecorromana para describir el tono rosáceo de las mejillas, casi siempre en contraste con el tono pálido de piel tan apetecido por las mujeres griegas y romanas. 

“No me cautiva tanto su rostro, por más pálido que esté
(no son los lirios que mi dueña más blancos):
Cual nieve meótica es, si lucha con ibero minio
Cual pétalos de rosa que nadan en límpida leche.” (Propercio, II, 3)

Psiqué en el jardín
La rosa es también por su color y suavidad comparada con los labios de la amada. En la novela de Longo, Dafnis y Cloe, el protagonista habla así del beso de su enamorada:

¿Qué me hizo el beso de Cloe? Sus labios son más suaves que las rosas.

Aquiles Tacio hace que su protagonista femenina alabe la rosa en su canto mientras su amado la compara con la boca de su amada:

“Si Zeus hubiera querido establecer una reina entre las flores, la rosa habría reinado sobre las flores. Es adorno de la tierra, honor de las plantas, ojo de las flores, enrojecimiento del prado, belleza resplandeciente; exhala un olor de amor, acoge como huésped a Afrodita, alardea con sus olorosas hojas, está arrogante de sus pétalos, el pétalo se regocija con el Céfiro.” Ella cantaba estas cosas, pero yo creía ver la rosa sobre sus labios, como si alguien hubiese encerrado la redondez del cáliz en la forma de su boca.” (Aquiles Tacio, Leucipa y Clitofonte, II)



El tono rosado se convierte también en símbolo de rubor por la venganza ante una falta o la que siente una joven ante su enamorado.

“A ella la roja la roja vergüenza se le subió a la cara pecadora; como se sonroja el cielo coloreado por la esposa de Titono (Aurora) o la recién casada que el novio contempla; como relucen las rosas entremezcladas con sus lirios o cuando la luna desfallece por estar sus caballos hechizados (eclipse).” (Ovidio, Amores, II, 5)


La rosa es empleada por ser tan efímera su vida para aconsejar a las jóvenes, sobre todo, que disfruten de la vida mientras puedan, pues la juventud y la belleza pasan deprisa.

“Natura, nos quejamos porque es breve la gracia de las flores: los dones que brindas a los ojos arrebatas al punto. Cuánto dura un día, tanto dura la vida de las rosas; a ellas, en plena adolescencia, la vejez, tan unida, las oprime. A la que contempló nacer hace un instante el dorado Lucífero, a esta misma vio anciana al volver por la tarde. Por suerte, aunque haya de morir en pocos días, prolonga al sucederse ella misma su vida.
Disfruta, muchacha, de las rosas, mientras nueva es la flor y la pubertad nueva, y ten presente que vuela tu edad con similar presura.”  (Ausonio, Nacimiento de la rosa)


Preparando el festival, Alma Tadema
La fiesta de las rosas o Rosalia se celebraba en Italia desde el siglo I, y como no gozaba de culto oficial, ni de elementos religiosos la podían festejar tanto paganos como cristianos. El festival tenía lugar según el momento de la floración de las rosas, y la costumbre de esparcir rosas sobre las tumbas recientes como ofrendas a los muertos provocó que esta festividad acabara transformándose en una celebración en honor de los difuntos.


Las rosas por las virtudes que se les atribuían eran ofrecidas a los dioses en los templos y formaban parte de las ofrendas que los miembros de la familia dejaban en sus altares domésticos a los dioses Lares, protectores del hogar.

"La rosa, delicadamente enrojecida, despliega sus mejillas virginales para rendir honores a los habitantes de los cielos y mezclar en los templos su perfume al incienso de Saba…" (Columela, X, 261ss)

Las rosas  eran también apreciadas como ingrediente para aromatizar el vino consumido en los banquetes. Además de la receta recogida por el gourmet Apicio (vinum rosatum) que permitía hacerlo en casa, este vino podía comprarse en tiendas.

“Se toman unos pétalos de rosa y se les quita la parte blanca, se les ensarta en un hilo y se les humedece en vino lo más posible durante siete días. Después se sacan las rosas y se sustituyen por otras frescas, que se ensartan también en un hilo, para que reposen en vino durante siete días más. Se repite el proceso por tercera vez, se retiran las rosas y se cuela el vino. Para beberlo, se añade miel”. (Receta de vino de rosas, Apicio, I, 4)


Rosas de Heliogábalo, Alma Tadema