sábado, 26 de marzo de 2016

Espejos en la antigüedad, reflejos de belleza e imagen



Pintura de Pompeya, Museo Arqueológico de Nápoles

El espejo (speculum) es, sin duda, entre todos los útiles empleados en el tocador femenino, aquél que mejor representa la belleza femenina. El espejo ha sido utilizado a lo largo de su historia como elemento imprescindible en el arreglo del cabello, extendiéndose su uso a todo adorno personal. Pequeñas espátulas, alfileres para el cabello, cosméticos, pinzas y cualquier otro elemento del tocador femenino precisaba del apoyo esencial del espejo para comprobar que los retoques de belleza eran los apropiados.

“Igual que cuando, al mostrar los cabellos bien peinados a la brillante estima del espejo que todo lo observa, tan pronto como la nodriza lo ha acercado al rostro de su pupila, se regocija alegre la muchachita con el juego aún desconocido y cree que está viendo el retrato de una niña hermana; da besos que no regresan al brillante metal o pretende coger los alfileres fijos o trata de extender con los dedos los pelos rizados de la frente hasta su boca.” (Ausonio, Mosela)




Pero, además, el espejo es un instrumento cargado de simbología, pues su origen tiene lugar cuando los humanos comienzan a apreciar que ciertas materias tienen la habilidad de reflejar luz e imágenes. Desde entonces, materiales como el metal o el vidrio, e incluso las caras pulidas de algunas piedras como la obsidiana o, incluso, la superficie de las aguas cristalinas, han servido como medio para contemplar la propia imagen.

“Primero, la casualidad mostró a cada uno su imagen; después, el amor a sí mismo, innato en los hombres, al hacerles agradable la contemplación de su figura, hizo que contemplaran con mayor frecuencia los objetos en los que habían visto sus imágenes. Más tarde el pueblo pervertido penetró en la tierra misma, con la idea de extraer lo que hubiera debido permanecer cubierto. Lo primero que se utilizó fue el hierro –y los hombres lo hubieran sacado impunemente si lo hubiesen sacado aislado-. Pues bien, después se utilizaron otros elementos terrestres no menos malos, cuya superficie lisa ofreció a quien se ocupaba de otra cosa su propia imagen; y éste la vio en una copa, aquél en el bronce preparado para otros usos; a continuación, se fabricó un círculo exclusivamente para este menester, todavía no con el brillo de la plata, sino con una materia frágil y de poco valor.”

El mito que habla de la imagen reflejada es la de Narciso, quien, al nacer, sus padres, un dios y una ninfa, consultaron a Tiresias el futuro de su hijo. Este pronosticaría que su vida sería larga siempre y cuando no se contemplará a sí mismo. Narciso fue un joven extraordinariamente bello, que efectivamente quedo enamorado de sí mismo al verse reflejado en el agua que bebía de un manantial, y que murió en la misma postura en la que se encontraba al estar bebiendo, ya que nunca jamás pudo apartarse de ahí. Esto podría demostrar la evidencia de que en el mundo antiguo el hombre no debía buscar la complacencia en su imagen reflejada en un espejo, pues la búsqueda de la belleza pertenecería al mundo femenino, mientras que el hombre debería buscar satisfacción en el ejercicio al aire libre y en la vida activa.


Narciso, casa de Octavio Quartio, Pompeya


“El agua limpia devuelve formas a los ojos que la contemplan, como las que se ven en lo bruñido del espejo puesto delante.” (Antología Palatina, Pompiliano)


Los espejos artificiales más primitivos que hasta el momento se han encontrado proceden de Çatal Höyük (Turquía). Datan aproximadamente del año 6200 a.C. y estaban elaborados en obsidiana pulida. Los primeros espejos metálicos conocidos han sido hallados en Irán y se fechan hacia el año 4000 a.C.  



Espejos de obsidiana, Çatalhöyük

Alrededor del 4500 a.C., se encontró en El-Badari en Egipto la primera pieza que tenía las características de un espejo, era un material reflejante parecido a la mica que estaba incrustado en una pared.
Fueron los egipcios los que establecieron durante el Imperio Medio (2040-1795 a.C.) tres modelos de espejos metálicos que perdurarán en toda la antigüedad: disco simple, disco con mango y, en algunas ocasiones, disco apoyado sobre un pie.

El espejo, entre los egipcios, al reflejar la imagen, se comparaba con los poderes vivificantes del disco solar. Ello es posible, pues la forma del espejo recuerda al tocado solar de la diosa Hathor, la esposa de Horus, diosa de las mujeres y de la sexualidad,   diosa del cielo.
Los espejos se asocian en Egipto con las sacerdotisas del culto a Hathor desde la más remota antigüedad. En el reino Medio al menos seis esposas del rey Nebhepetre Mentuhotep, de la décimo primera dinastía, se asociaron con el culto a Hathor. Una de las esposas ostentaba el título de adorno real, lo que indicaba su estatus de favorita, fue enterrada con dos espejos. Otra de las esposas, Neferu, tenía representaciones de espejos en su tumba, algunos con inscripciones del nombre del rey. Muchos de los espejos tienen símbolos representativos de Hathor u otras diosas relacionadas con ella, como Wadjet, Sekhmet y Mut.


Espejo de plata de la princesa Sithathoriunet.
Mango con cabeza de Hathor. Museo Egipcio del Cairo

Se presenta una doble relación de la figura del espejo, con Re y Hathor, por tanto, no sólo una relación simbólica con el Sol, sino también con la Luna.
De hecho, el creciente lunar aparece como motivo simbólico común en muchos espejos egipcios. De esta forma, el Sol y la Luna, los ojos de Horus en el cielo, se relacionan con este objeto fundamental del ajuar egipcio. Esta idea la comprueba una inscripción, tardía, de Edfu:

"Toma los dos espejos que Henu ha fundido, sus discos son el Sol y la Luna, mira su imagen, que Tanen ha hecho por encima de las diosas a fin de quetú estés encantado a la vista de tal forma; tú eres Mehenyt, venida por ella misma a la existencia, que se levanta con Djet en las tinieblas" (Época de Ptolomeo IV Philopator)

Puede pensarse que los espejos, al igual que otros de los componentes del ajuar de la mujer, como la joyería, eran elementos protectores en la vida, pero también en la muerte: las fuerzas negativas, al reflejarse en el espejo, huían a la vista de su propia imagen.

"Toma el disco que ha fundido Ptah, que Henu ha creado con sus manos"
La reina exclama:
¡Recibe (la ofrenda) de su mano! (Es) tu hijo querido, él ilumina tu cara con tu belleza"
Y la diosa responde:
"Yo recibo los bellos discos de tus manos, yo veo mi cara perfecta, yo coloco el amor por ti en el corazón del Doble-País, el respecto por ti entre los países extranjeros".


Aseo de la reina Kawit con espejo en la mano, Museo Egipcio del Cairo


En el caso particular del espejo, su capacidad de reflejar la imagen, reflejar y concentrar la luz, se asoció con los conceptos de vida, creación y regeneración de la vida, la victoria de la luz sobre la oscuridad. De ahí que las mujeres nobles los llevasen cuidadosamente guardados en bolsas protectoras, diseñadas para cargarlos sobre los hombros, como una especie de amuleto.

Además de su posible simbolismo, los espejos constituían uno de los objetos más comunes en el ajuar de las mujeres egipcias, sobre todo de sectores sociales superiores, considerando su gran valor: un espejo de bronce podía costar 12 deben, en tanto que un sarcófago decorado costaba 40 y sin decorar 20, y un vaso de ungüento de alabastro, 10 deben. El espejo es de los artículos más caros del ajuar funerario egipcio. Por ello, seguramente, cuando se efectuaba el contrato matrimonial se señalaba que el espejo era un bien que la mujer egipcia tenía como su propiedad personal, que así ingresaba al hogar conyugal, que durante el matrimonio no perdía el derecho sobre él y que en caso de divorcio el marido se comprometía a entregar objetos de valor similar a la mujer. Pero a pesar de su costo, tal vez por la importancia simbólica del mismo o por su simple valor utilitario, los espejos también han aparecido en entierros sencillos, de todas las clases sociales y edades, aun de niños. También los hombres los utilizaban, así que no puede hablarse de que haya sido privativo de las mujeres su uso y pertenencia, si bien son ellas las que están predominantemente asociadas con los espejos.


Bajorrelieve polícromo con espejo debajo de asiento, Tumba de El Kab, Aswan, Egipto
“Mira, la que no tenía una caja, (ahora) es dueña de un cofre. (Y) la que miraba su rostro en el agua, (ahora) es dueña de un espejo.” (Admoniciones de Ipuwer, III milenio a.C.)

Y el espejo aparece acompañando a la joven en su arreglo personal para el amor con su pareja, que amoroso exclama:

“¡Ojalá tuviese (todas) las mañanas, para contemplar(la),
Tanto como lo que dure su vida!
Feliz es la tierra de Asiya,
Y afortunado es su producto;
Feliz es su espejo,
Cuando [en él] ella contempla [su cara…]


Estuche para espejo de madera de sicomoro y marfil
 con dibujo de muchacha desnuda. Museo Egipcio del Cairo


En las civilizaciones de Mesopotamia la representación del espejo puede haber sido un símbolo, al igual que el huso, de la figura femenina y su función en el hogar. Pero también pueden haber sido objetos religiosos, simulando el sol o la luna, e, incluso, el alma interior.
En la antigüedad los espejos solían ser de metal muy pulido, normalmente de bronce, aunque también los había de cobre, plata, oro y electro. La primera que se mencionan en la Biblia es cuando se habla de los preparativos para el tabernáculo, el primer lugar de culto de la nación de Israel. Las mujeres entregaron sus espejos para que al fundirlos se fabricara una fuente con su base. 

“También hizo la fuente de bronce y su base de bronce, de los espejos de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión.”  (Éxodo 38:8)

En casi todas las religiones antiguas aparecen los espejos como atributo de diosas o mitos. Así, los sacerdotes egipcios realizaban una ceremonia al amanecer donde los primeros rayos de sol eran reflejados en un espejo de oro pulido que la esfinge portaba en su frente. La diosa mesopotámica Lamastu lleva siempre consigo en sus representaciones un espejo, un peine y un huso, atributos todos ellos relacionados con la feminidad.





La ofrenda de un espejo a la divinidad, además del valor intrínseco que conlleva como objeto de lujo, se convierte, por tanto, en un objeto cargado de significado en un momento tan especial e importante para la vida de una mujer en la Antigüedad como es el día de su boda. En los santuarios griegos dedicados a divinidades femeninas son frecuentes los hallazgos de espejos ofrecidos en los ritos de iniciación al matrimonio de algunas jóvenes, así como las tablas votivas con representaciones de escenas de tocador en las que se muestra a la mujer observándose frente a un espejo. Las representaciones en vasos de figura roja de escenas de jóvenes reflejándose frente a un espejo asociadas al rito nupcial revelan también esta simbología del espejo como abandono de la virginidad para pasar a la nueva condición de esposa.


Escultura de Tanagra mujer con espejo.
Museo de Bellas Artes de Lyon, foto de Jastrow


Por su valor el espejo podía ser una ofrenda a los dioses en cualquier momento de la vida, incluso cuando ya no era necesario para observar la propia belleza.

“Yo, la vieja Lais, dedico mi espejo a Venus: que la eterna belleza goce de un servicio eterno, digno de ella. Pues a mí de nada me sirve, porque verme tal como soy, no quiero y, como era, no puedo.” (Ausonio, Epigramas, 65)

 Si bien tradicionalmente se relaciona este objeto con Afrodita/Venus, también entra en relación con otras diosas como Artemis/Diana, Hera/Juno, Atenea/Minerva, Ilitía/Lucina o Perséfone/Proserpina.

“Id, pues, oh Aqueas,
y no llevéis perfumes ni alabastros
-oigo ya el ruido de los cubos de las
ruedas contra los ejes-,
ni perfumes ni alabastros para el baño de Palas
-Atenea no gusta de los ungüentos mezclados-,
y no llevéis tampoco espejo:
su rostro es siempre bello.
Ni siquiera cuando, en el Ida,
juzgaba el Frigio la querella divina,
se miró la gran diosa en el espejo de latón
ni en la diáfana corriente del Simunte;
tampoco lo hizo Hera.
Pero Cipris, usando con frecuencia
el reluciente espejo de bronce,
dos veces se rehízo el mismo bucle de sus cabellos.” (Himno V, A Palas, Calímaco)


Mosaico de Venus mirándose en el espejo, Museo del Bardo, Túnez

A partir del primer milenio a.C., la producción de espejos se expandió por todo el Mediterráneo gracias a los intercambios marítimos de mercaderes griegos, fenicios y etruscos.
La imagen reflejada de un hombre en un espejo se consideraba inadecuada y signo de afeminación, y su uso era solo adecuado en mano de los barberos y de los filósofos, a quienes el espejo servía como instrumento de profundización y reflexión como en el caso de Sócrates, quien recomendaba el uso del espejo a sus discípulos para que, si eran hermosos, se hicieran moralmente dignos de su belleza, y, si eran feos, lo ocultaran mediante el cultivo de su espíritu. Por lo tanto, en la Grecia antigua el espejo era considerado un instrumento estrictamente femenino.
En Grecia se generalizó el empleo de tres tipos de espejos metálicos: con mango, con pie y los espejos de caja. El más antiguo es el espejo circular unido en una misma pieza a un mango, cuyo uso se remonta a principios del siglo VI a.C. y perdura hasta la centuria siguiente, momento en el cual se difunde la práctica de producir el disco separado del mango.

La producción de espejos en Etruria se atribuye fundamentalmente al periodo que ocupa los siglos VI-III a.C. Se elaboraban tanto espejos con forma circular o de pera unidos a un mango, como incrustados en cajitas. La mayoría de los espejos griegos y etruscos presentan una elegante decoración, siendo frecuente el hallazgo de discos ornamentados con escenas mitológicas, cotidianas o, incluso, eróticas, y de mangos con forma figurativa. Menos ostentosos son los ejemplares fenicios y púnicos, los cuales presentan, por lo general, una forma discoidal muy simple.
Los temas representados en los espejos etruscos solían tener relación con la seducción y el erotismo, por lo que se elegían escenas en las que una mujer se desvestía o se lavaba. Se escogían episodios mitológicos relacionados, por ejemplo, de la Odisea. En el Museo Metropolitan de Nueva York se conserva un espejo con una escena en la que Peleo sorprende a Tetis mirándose en un espejo, mientras que a su alrededor hay objetos de aseo y vestimenta.


Espejo con escena de Tetis y Peleo, Museo Metropolitan de Nueva York

Los celtas fueron excelentes artesanos y expertos trabajando con el metal y  vivieron en Bretaña durante la edad de hierro. Los celtas imitaron los espejos de los griegos y etruscos en un principio hasta que crearon un estilo artístico distintivo que se vio reflejado en el arte de decorar sus espadas, joyería y la parte posterior de sus espejos, para los que crearon un diseño asimétrico que los caracteriza, a base de líneas curvas y espirales, que copiaban de plantas, pájaros y animales. Indudablemente valoraron a los espejos como algo mágico, creían que la imagen de sus cabezas quedaba almacenada dentro de este objeto. Quien poseía un espejo indicaba un status alto dentro de la comunidad.


Espejo celta de Chesterford, foto de LgNew

Todos los pueblos europeos de la Edad del hierro y bronce hicieron uso de los espejos, para los cuales llegaron a escoger los más preciados materiales, pues su posesión era símbolo de riqueza, y en cuya ornamentación demostraron gran maestría.



Espejo encontrado en la tumba del rey tracio Seuthes III,  Kazanlak
Bulgaria, foto de Julianna.Lees en Flickr
Los romanos adoptaron el modelo griego y etrusco, aunque sin llegar a desarrollar la rica decoración que les caracterizaba a éstos. Por el contrario, son escasos los espejos que en época romana hallamos profusamente ornamentados. Las escenas grabadas desaparecen prácticamente de los espejos, encontrándonos como decoración más frecuente los círculos concéntricos y el borde perforado. La forma del cuerpo del espejo es preferentemente circular, aunque también se han hallado numerosos espejos cuadrangulares en época imperial romana, ya conocidos en los últimos años de la cultura etrusca. El cuerpo podía acompañarse de un mango de sujeción elaborado en una pieza separada que posteriormente se ensamblaba al cuerpo del espejo. La mayoría estos espejos fueron producidos entre los siglos I-II d.C., si bien la datación de algunos de ellos alcanza el siglo IV d.C.


Espejo con pie, Walters Art Museum, Baltimore

Los espejos de caja podían bien formar parte de una cajita de tocador, incrustados normalmente en la tapa, o bien estar compuestos de dos discos encastrados entre sí en forma de concha, denominados espejos compactos o monetarios. Éstos presentan una cara reflectante que queda protegida en el interior de la caja. La cara externa suele presentar decoraciones de forma geométrica o figurativa.


Espejo compacto con tapa 

Hasta la época de Augusto los espejos se consideraban objetos de lujo. Sin embargo, a excepción de los fabricados en metales preciosos como la plata, la producción artesana de espejos cedió poco a poco el lugar a una producción en serie con la que se consiguió obtener objetos más pequeños, finos, baratos y, en definitiva, más accesible a todos.

La materia prima más empleada durante la época romana fue el bronce seguido del cobre y, ocasionalmente, de la plata. Excepcionales son los espejos elaborados en oro considerados como objetos muy lujosos. 

Espejo romano de plata, Tesoro de Boscoreale, Museo del Louvre

A partir del siglo I d.C. comienzan a elaborarse los espejos de plomo, siendo muy común su uso desde el siglo II d.C. hata el siglo IV d.C. debido a su bajo precio y a la facilidad de almacenaje. Sólo a partir de los siglos II-III d.C. se comienzan a difundir los espejos cubiertos con una fina capa de vidrio soplado. La forma de estos pequeños espejos metálicos forrados de cristal es muy variada y su ornamentación muy rica. Aunque el vidrio romano tendía a adquirir un color amarillento y presentaba numerosas deformaciones, la delgadez de la materia y su gran capacidad para reflejar la imagen hicieron que con el tiempo adquirieran mayor notoriedad. Su producción se convirtió en una alternativa a los espejos realizados en bronce o plata, llegando a ser común durante el Bajo Imperio romano.
Los primeros espejos manufacturados se comenzaron a elaborar en materiales como el cobre, plomo o bronce, y, según Plinio, fue Praxiteles, importante cincelador de espejos, quien introdujo por primera vez los espejos fabricados en plata en tiempos de Pompeyo Magno (70-48 a.C.). Este autor describe el proceso de elaboración de los espejos de plata y admira la excelente falsificación de este preciado metal recurriendo a una mezcla de estaño y cobre.

Habíase tenido por cierto que no se podían tender láminas ni hacer espejos sino de buenísima plata. Y ya también esto se corrompe con engaño. Pero admirable es la naturaleza de representarse y darse a ver las imágenes (…) Acerca de los antiguos fueron los mejores los brundusinos, mezclados de estaño y cobre. Tomaron ventaja los de plata. El primero que los hizo fue Praxiteles, en tiempo de Pompeyo Magno. Y nuevamente se ha comenzado a tener por cierto que muestran más propia y cierta imagen poniendo en ellos oro por detrás”. (Plinio El Viejo, Historia Natural XXXIII, 128)

Espejo de plata, Museo Metropolitan Nueva York

Entre las élites romanas un espejo caro y bien ornamentado suponía una posesión muy valiosa, pero también representaba un recordatorio de lo que una buena esposa debía ofrecer a su esposo, belleza, gracia y sumisión. Algunos espejos presentaban escenas de mujeres acicalándose, aseándose, desvistiéndose, o bien escenas eróticas que inducirían a las mujeres a comportarse como los hombres deseaban. Tanto los espejos como los estuches se grababan con relieves visualmente explícitos.


Espejo con relieve, época helenística, Museo del Louvre

Ovidio, tanto en su obra Arte de amar como en Amores, deja patente el uso del espejo como medio de seducción para conquistar al amado ofreciendo su mejor aspecto. Según sus palabras una mujer a la que le gustaba su imagen se sentía como una diosa.

“Sobre todo si se acicala y se gusta en el espejo, creerá que con su amor puede conquistar a las diosas”. (Ovidio, Arte de amar III, 680-681)

 Sin embargo, el mismo Ovidio, en sus elegías amorosas, lamenta también el mal empleo de este objeto de tocador por parte de quien sólo ve sus defectos cuando se contempla en él.

“¿Por qué, torpe, sueltas el espejo con mano triste? Te contemplas en él con unos ojos mal acostumbrados: para agradarte, no debes acordarte de ti misma”. (Ovidio, Amores I, 14, 36-38)

La dependencia que la mujer tenía de la imagen que el espejo devolvía podía llevar a la decepción y el enfado por no conseguir el efecto deseado.

“Vosotras, si en los arrebatos de la furia os miráis al espejo, apenas habrá quien reconozca su propia cara. Tampoco la hagáis antipática con humos de soberbia; el amor se alimenta de dulcísimas miradas. Creed en mi experiencia: el desdén orgulloso es aborrecible, y un aspecto altanero lleva consigo los gérmenes del odio.” (Ovidio, Arte de Amar)

El espejo formaba parte del ajuar de la futura esposa y para cualquier mujer era símbolo de su belleza y de su juventud, pues, cualquier arruga o cana que vieran reflejada en la imagen del espejo, les traía a la mente el irremediable paso del tiempo y la cercanía de la vejez.


Pintura de Guillaume Seignac

FILEMATIO: Dame enseguida el espejo y el cofrecillo de las joyas, Escafa, que esté arreglada cuando venga Filolaques, mi amor.
ESCAFA: Un espejo no lo necesita más que una mujer que no se siente segura de sí misma y de su juventud; ¿qué falta te hace a ti un espejo si tú misma eres el mejor espejo para mirarse?
FILOLAQUES: Por esas palabras, Escafa, para que no hayas dicho en vano una cosa tan bien dicha, te haré hoy algún regalo a ti, Filematio de mi alma. FILEMATIO: Toman entonces el espejo (le da un beso antes de entregárselo).
 FILOLAQUES: (Aparte) ¡Ay pobre de mí! Le he dado un beso al espejo; ojalá tuviera aquí una piedra para romperle la crisma al dichoso espejo ese.
ESCAFA: Toma la toalla y límpiate las manos.
FILEMATIO: ¿Por qué, pues?
ESCAFA: Como has tenido cogido el espejo, tengo miedo no te vayan a oler las manos a plata…, no sea que vaya Filólaques a sospechar que la has recibido de quien sea. (Plauto, Mostellaria 248-255)


Detalle de pintura mural, Villa de los Misterios, Pompeya

Las inmensas riquezas que algunos romanos llegaron a acaparar dio lugar a la posesión de objetos como los espejos, ostentosamente decorados y fabricados en los más ricos materiales. Algunos hombres, incluso militares, llegaron a ser propietarios de espejos que llevaban en sus equipajes y, que según algunos autores los convertían en degenerados al hacer un uso excesivo de ellos.

“Posteriormente, dominándolo todo el lujo, se cincelaron espejos de cuerpo entero en plata y oro; después, adornados con piedras preciosas: uno solo de ellos costaba más a una mujer que valor tuvo la dote que se daba a expensas del erario público a las hijas de los generales pobres.
¿Piensas tú que las hijas de Escipión tuvieron un espejo adornado con oro, siendo así que su dote había sido una moneda de cobre? ¡Feliz pobreza que dio lugar a títulos de gloria tan notorios! No hubiesen actuado así, si hubiesen tenido dote. Ahora bien, quienquiera que fuese aquel para quien el senado hizo veces de suegro, se dio cuenta de que había recibido una dote que no era posible devolver. Actualmente aquella dote, que el pueblo romano dio, lleno de generosidad, no le es suficiente a las muchachitas casaderas, hijas de liberto, para un espejo. En efecto, poco a poco degeneró cada vez más el lujo, llevado de la abundancia de recursos, y los vicios tomaron gran incremento; y, hasta tal punto no hay discriminación para los más diversos objetos artísticos, que todo lo que se llamaba aseo femenino, ha pasado a ser bagaje masculino. Me refiero a todos, incluso a los militares. Actualmente el espejo se emplea sólo para arreglarse. Se ha hecho imprescindible para todo vicio.” (Séneca, Cuestiones Naturales I, 17, 5-10)

La vanidad y el deseo de contemplarse llegó al extremo de que Otón, representante de la juventud aristocrática de entonces, empuñaba el espejo como los antiguos empuñaban el escudo y, tal y como nos relata el escritor satírico Juvenal, un espejo llegó a convertirse en el botín de una guerra civil.

"Un tercero sostiene un espejo, instrumento favorito del bardaje Otón, despojo de Áctor de Aurunca, en el que aquél se miraba armado cuando iba a mandar levantar los estandartes, acción digna de reseñar en los últimos anales y en la historia más reciente: un espejo ha sido el botín de una guerra civil." (Juvenal, Sátiras II, 98-103)


Espejo compacto para colgar

Ante la degradación que sufrió el espejo como objeto de indecencia, obscenidad y libertinaje, Séneca, el célebre filósofo bético, conocido por su carácter moralista, sugiere que se emplee el espejo como medio a través del cual poder conocerse a sí mismo, reflexionar acerca del paso del tiempo y cultivar la mente para compensar los posibles defectos físicos que se ven reflejados.

“Se inventaron los espejos para que el hombre se conociera a sí mismo; con ello podría conseguir muchas ventajas; en primer lugar, el conocimiento de sí mismo; después, consejos respecto a ciertos problemas: los hermosos, para evitar el envilecimiento; los deformes, para darse cuenta de que deben compensar con sus méritos todo lo que falta a su cuerpo; los jóvenes, para que adviertan en la flor de la edad que es el momento de aprender y acometer grandes empresas; los viejos, para que abandonen lo que deshonra a sus cabellos blancos, para que mediten un poco sobre la muerte. Para todo esto nos dio la naturaleza la posibilidad de vernos a nosotros mismos”. (Séneca, Cuestiones Naturales I, 17, 1-4)

Los escritores cristianos del final del Imperio romano criticaron la utilización del espejo y los complementos cosméticos que implicaban dar más importancia a la imagen y al cuerpo que al espíritu, lo que entraba en contradicción con el ideal cristiano que ellos proclamaban.

“Las redecillas de las mujeres, los diversos velos, los superfluos bucles, los mil y un cabellos adornados, el costoso equipo de espejos, con los que se transforman para cazar a los que, cual niños pequeños, admiran las formas, son, en suma, propios de mujeres que desconocen la vergüenza, a las que ninguno erraría llamándolas prostitutas, pues convierten su rostro en una máscara.” (Clemente, El Pedagogo)


Detalle con escena de tocador, mosaico romano de Cartago


Bibliografía:


http://ceaa.colmex.mx/aladaa/XII%20CONGRESO%20INTERNACIONAL%20DE%20ALADAA/castanedajosecarlos.pdf; “Del simbolismo del espejo en el Egipto antiguo”; José Carlos Castañeda Reyes
http://journals.lww.com/optvissci/Fulltext/2006/10000/History_of_Mirrors_Dating_Back_8000_Years_.17.aspx#; History of Mirrors Dating Back 8000 Years; Jay M. Enoch
https://www.academia.edu/1439781/Reflections_of_Eternity; Reflections of Eternity
An Overview on Egyptian Mirrors from Prehistory to the New Kingdom; Barbara O’Neill
http://rodin.uca.es/xmlui/handle/10498/15846; El arreglo del cabello femenino en época romana. Evidencias arqueológicas en la Bética occidental; Milagrosa Jiménez Melero
The Mirror: A history, Sabine Melchior-Bonnet, Google Books