domingo, 15 de marzo de 2015

Suave es la piel, remedios contra el paso del tiempo



Cleopatra, Alma Tadema

A lo largo de la historia el ser humano ha considerado  esencial mantener un buen aspecto y según su posición social y sus posibilidades económicas ha dedicado tiempo y dinero a mejorar su imagen y conservarla joven y radiante el mayor tiempo posible. La idea no era solo mantener un cuerpo perfecto, sino también una piel sin manchas ni arrugas. Presentar una piel clara y resplandeciente era atractiva de ver e indicaba buena salud física y espiritual.

“Vuestro primer cuidado, muchachas, debe ser el del carácter. Un rostro gusta cuando se le asocian buenas cualidades anímicas. Es seguro el amor basado en el buen carácter; en cambio, el paso del tiempo arruinará la belleza, y el rostro que antes gustaba será surcado por las arrugas. Llegará un momento en que os contrariará veros en el espejo, y esa aflicción acudirá como causa de nuevas arrugas. Las cualidades morales son suficientes de por sí, duran toda la vida, por larga que sea, y de ellas depende felizmente el amor a lo largo de los años.” (Ovidio, Cosméticos para el rostro femenino)


 Según la filosofía griega, la kosmétiké tekhné o el arte del cuidado del cuerpo para conservar su propia belleza estimulaba el uso de los remedios necesarios para proteger la piel de los efectos del tiempo y el clima, recurriendo a mascarillas, cremas y ungüentos con un fin estético y terapéutico.

“Los esclavos de todo son transportados con la cara cubierta de ungüento, para que el sol y el frío no puedan dañar su tierna piel; sería vergonzoso que entre todos los jovencitos de tu cortejo no hubiese ninguno cuya frescura de cara no reclamara alguna protección.” (Séneca, Epis. CXXIII)

Desde el Neolítico se ha recurrido a la combinación de hierbas y plantas silvestres o cultivadas en el hogar con aceites para crear los ungüentos que debían proteger la piel expuesta al sol y al paso del tiempo.


Museo Corinium, Cirencester, Gran Bretaña

En el antiguo Egipto el cuidado del cuerpo era, a menudo, una necesidad para evitar las grietas y mantener la piel suave e hidratada en el caluroso y árido clima del desierto que reseca la piel, lo que hacía imprescindible la utilización de cremas y ungüentos que se aplicaba tras el baño. Estos productos se realizaban con una base de aceite o grasa, a la que se añadían sustancias fragantes como flores, resinas, bayas silvestres y maderas aromáticas.  La gente común utilizaba aceites baratos y los ricos aceites perfumados.  Entre los primeros el aceite de ricino o de sésamo, con los que se proveía a los trabajadores que construían Der-el-Medina. Los soldados traían las semillas de sésamo al palacio desde donde se distribuían:

“A Ramose,  el escriba. He llegado ante el encargado del tesoro y le ha dicho a su secretario que estaba en el tesoro en Tebas: Da a este hombre diez jarras de aceite de sésamo. Así dijo.”

 La miel es un producto que se ha utilizado a lo largo de la historia por su capacidad para nutrir la piel, protegerla y aportar los nutrientes que le proporcionan elasticidad. Los cosméticos elaborados con miel evitan que la sequedad del clima irrite o deshidrate la piel. El papiro Ebers recomienda como exfoliante para la piel una mezcla de polvo de alabastro, sal del Bajo Egipto, natrón y miel:

"Otro [remedio] para que la carne superficial se vuelva perfecta: una parte de polvo de alabastro, una parte de natrón, una parte de sal marina y una parte de miel. Mezclar y aplicar frotando sobre la piel".  (Ebers, 714)

En el siglo I d.C. el emperador Augusto le preguntó al senador Romulo Polión, que pasaba de los cien años, por el secreto de su longevidad y éste le respondió: “Intus mel, foris olio” (miel por dentro y aceite por fuera), es decir, que tomaba miel diariamente y se hidrataba la piel con aceite para conservarse bien a pesar de su ancianidad.

El natrón rojo o natrón teñido con hierro, procedía de forma casi inequívoca de yacimientos en el que ya se encontraba así, además de limpiar la piel le confería un cierto matiz rosado. El uso de alabastro (variedad translúcida y granular de yeso puro, generalmente blanco, mezcla de carbonato y sulfato de calcio semi-hidratado) en las cremas limpiadoras sigue siendo también de actualidad.
A modo de crema antiarrugas el Papiro de Ebers menciona una mixtura de incienso, aceite de moringa, cera y brotes verdes de ciprés (Ebers, 716).


Relieve del tocador de  la reina Kwait

 En unas excavaciones llevadas a cabo en las pirámides, se descubrió la tumba de la reina Mit- Hotep donde se encontraron numerosas vasijas y completísimas cajas de maquillajes y afeites, junto con tarros en los que aún perduraban ungüentos.

En la época tolemaica adquirió gran fama un ungüento legendario  fabricado en Mendes, que se exportaba en grandes cantidades a Grecia y Asia Menor,  del que tenemos referencias por Plinio y Dioscórides, y era muy apreciado. Según Plinio, sus principales ingredientes eran: aceite de balanos, resina, mirra, aceite de olivas verdes, cardamomo, miel, gálbano y resina. Dioscórides describe una fórmula más simple a base de aceite de balanos, mirra, casia y resinas. Se usaba como crema corporal, tras el baño. Incluso los soldados en tiempos de guerra llevaban colgado del cinturón un frasco de aceite perfumado para cuidarse el pelo y la piel del rigor y sequedad del clima.

Los fenicios se encargaron de comerciar con los cosméticos procedentes de Asia Menor y Egipto y los distribuyeron por todos los pueblos del Mediterráneo.


Ungüento de Thana Plecunia, Chiusi, Italia
En Chiusi, Etruria,  se encontró una urna perteneciente a Thana Plecunia, una joven etrusca, en la que se halló un cosmético en un ungüentario egipcio. En su composición se mezcla resina de pino y mastic y aceite de moringa, muy utilizado en Grecia y Egipto para hacer los cosméticos. Debido al exótico origen del aceite y del recipiente, probablemente  importados de Egipto,  se supone que la propietaria debía proceder de la alta aristocracia etrusca.



Balsamario etrusco, Museo Metropolitan, Nueva York
En la Roma antigua, las mujeres romanas no se conformaban con lograr una piel blanca; ésta debía estar además impecable: libre de arrugas, pecas o manchas. Tomaron muchas fórmulas de belleza de sus iguales griegas.
 Un buen ejemplo de cómo preparar una crema de belleza nos la da Ovidio en su obra “Cosméticos para el rostro femenino):
"Aunque el incienso aplaca a los dioses y a su divinidad enfurecida, no hay, sin embargo, que echarlo todo en sus altares ardientes. Mezcla incienso con el nitro que alisa el cuerpo, cuidando que el peso justo de cada uno sea un tercio de libra ; añádele un poco menos de un cuarto de goma, sacada de la corteza de los árboles, y una pizca  de mirra grasa. Después de machacarlo todo, críbalo por un tamiz fino; el polvo tiene que desleírse en miel. Es eficaz también añadir hinojo a la mirra bien oliente (cinco escrúpulos  de hinojo, nueve de mirra), y de rosa seca lo que te quepa en una mano, e incienso macho con sal de Amón; mezcla con ello el jugo que produce la cebada, y que el incienso con la sal iguale el peso de las rosas. Aplicado en un rostro delicado, aunque sea por poco tiempo, ninguna rojez quedará en toda la cara."


Popea, Museo Nacional Romano
Menciona Plinio en su obra la leche de burra como tratamiento para cuidar la piel y hace referencia a la emperatriz Popea, esposa de Nerón:

“La leche de burra se piensa que es eficaz para blanquear la piel femenina: Popea, la esposa de Nerón, solía tener siempre con ella quinientas burras con potro, y solía bañar todo su cuerpo en su leche, pensando que también proporcionaba tersura a la piel.” (H. N. XI, 96)

El baño en leche de burra era un tratamiento que funcionaba como un exfoliante químico y era empleado por mujeres ricas. Son famosos los baños que Cleopatra tomaba a diario en leche de burra o cabra que de forma previa se dejaba agriar, lo que transformaba su contenido en lactosa y la hacía rica en ácido láctico.

 Juvenal cita un tratamiento antiarrugas, Masca Poppaea,  conocido por ser usado por Popea, que consistía en masa de pan con leche de burra (lacte asinae), y miel,  que se aplicaba por la noche para prevenir la formación de arrugas,  suavizar y blanquear la piel.

“Entre otras cosas, su cara, horrible de ver y ridícula, está hinchada de tanto emplasto, o despide los empalagosos olores de Popea, donde luego se pegan los labios del pobre marido. A sus amantes acuden con el cutis bien lavado. ¿Cuándo hacen por parecer  guapas en casa? Para sus amantes adquieren esencias, para ellos se compra cualquier cosa que acá, indios enjutos, mandáis. Por fin descubre el rostro y quita el estucado de fuera, empieza a ser reconocible y se embadurna con esa famosa leche que le haría llevar consigo una cuadrilla de burras así la mandaran desterrada al hiperbóreo polo. Pero la que resulta y se restaura con el cambio tantas cremas y que recibe plastas de flor de harina recocida y húmeda, ¿habrá de llamarse cara o más bien llaga? (Juvenal, Sat. VI)

 A Galeno se le atribuye la receta de una crema de belleza (ceratum) a base de cera de abejas, aceite de oliva y agua de rosas, eficaz para limpiar, refrigerar y suavizar la piel del rostro.
Marcial cita el lomentum, a base de crema de habas, para ocultar las arrugas:

“Tratando de disimular las arrugas de tu barriga con crema de habas (lomentum) Pola, lo que estás untando es tu vientre, no mis labios. ¡Qué se vea francamente este defecto quizás pequeño?” (Marcial, Epigramas, III, 42)


Pintura de tocador, John William Godward
Maquillarse y cuidar la piel requería tiempo y dedicación.  Había que acostumbrarse a manipular productos a veces un tanto repulsivos; por ejemplo, para elaborar las mascarillas faciales se utilizaban como ingredientes excrementos, placentas, médulas, bilis y hasta orines, lo que obligaba a perfumarlas intensamente, añadiendo hierbas y sustancias olorosas. No es extraño que el poeta Ovidio recomendara a las mujeres aplicarse los cosméticos a solas, sin que las vieran sus amantes:

 «¿A quién no apesta la grasa (lanolina) que nos envían de Atenas extraída de los vellones sucios de la oveja? Repruebo que en presencia de testigos uséis la médula del ciervo u os restreguéis los dientes: estas operaciones aumentan la belleza, pero son desagradables a la vista [...] ¿Por qué he de saber cuál es la causa de la blancura de vuestro rostro?».

Normalmente, se empleaban para dar consistencia a las cremas aceites vegetales como el de lino, sésamo, balanos, moringa, oliva y almendras. El aceite de almendras (amygdalinum) era un suavizador de la piel en el Imperio Romano. Mezclado con miel quitaba manchas, o mejoraba el tono y el color de la piel.


Prunus dulcis, Almendra

Se hacían también  cremas antiarrugas con grasa de animal. La de cisne era de las mejores, pero podían ser de grasa de oso, de pato y león. Según Plinio, la grasa de león mezclada con aceite de rosas conservaba la blancura de la piel y mantenía el rostro sin manchas. La cantidad ingente de animales salvajes sacrificados en el anfiteatro proporcionaba el  exótico origen de estas grasas.
Como exfoliantes se utilizaban tierras, como el caolín, la tierra de la ciudad griega de Chios, que se aplicaba a todo el cuerpo.
Metrodora fue una mujer de origen griego que escribió un tratado sobre ginecología y sugirió algunos remedios para cuidar la cara y el cuerpo. Para eliminar las arrugas recomendó una receta que incluía tierras:

“Coge tierra de Cimolia, tierra de Chios, raíz de iris, raíz de saponaria, raíz seca de aro, raíz de ciclamen. Cortar, tamizar y conservar. Para utilizar, tomar la cantidad necesaria y untarlo con vino oloroso y cuando se seque, lavar con agua y secar con un paño limpio”.

 La receta es simple y puede ser eficaz porque se basa en el efecto astringente de las tierras arcillosas de las islas de Egeo y del efecto emoliente del iris y el aro, además del efecto tonificante del ciclamen y saponaria. También  indicó que para obtener una cara radiante se podía aplicar almidón, alverja, harina blanca muy fina, todo  mezclado con clara de huevo.

Desde muy antiguo se utilizaron las tierras y aguas con alto contenido en minerales para elaborar cosméticos, como las del Mar Muerto, aún hoy empleadas en cremas faciales.

En Grecia se conocía un cosmético, rhipos, cuyo principal componente era el sudor de los jóvenes atletas, que se recogía después de cubrir su cuerpo con creta y mezclarlo con aceite de oliva. Se vendía a alto precio a las damas helénicas.
Unguetarium romano, Museo Arqueológico de Nápoles